Obsesión.
Esa es mi palabra predilecta. El sólo hecho de escucharla me perturba fuertemente el corazón. Desde aquella primera vez que vi a James Lipton presentando en la pequeña pantalla “Desde El Actor’s Studio” (la más selecta academia que existe en Estados Unidos para actores) y realizar a su invitado, el Questionaire de Bernard Pivot.
¿Cuál es su palabra favorita? Obsesión. (Fue lo primero que llegó a mi mente y desde entonces, no se ha ido de mí.)
Fue así como desde hoy en la madrugada he permanecido más obsesionada de lo que ya estaba con Almodóvar.
Ya comenzaba a perder la ilusión por él desde que me decepcionara con La Mala Educación (2004) o Volver (2006). Por lo cual, no era de mi total agrado ver su última producción, así que con el mayor escrutinio y desinterés, decidí verla.
Almodóvar ha regresado.
Después de sus mejores títulos, Hable con Ella (2002), Carne Trémula (1998) o Todo sobre mi Madre (1999), todos ellos basados en la fijación obsesiva sobre alguien en particular. Los Abrazos Rotos retorna así como un film voluptuoso, inquietamente perturbador y sin embargo, deliciosamente hipnótico.

Esta es la sinopsis extractada de la Wikipedia: “Un hombre escribe, vive y ama en la oscuridad. Catorce años antes sufrió junto a Lena, la mujer de su vida, un brutal accidente de coche en la isla de Lanzarote.
Este hombre usa dos nombres, Harry Caine, lúdico seudónimo bajo el que firma sus trabajos literarios, relatos y guiones y Mateo Blanco, su nombre de pila real, con el que vive y firma las películas que dirige. En la actualidad, Harry Caine vive gracias a los guiones que escribe y a la ayuda de su antigua y fiel directora de producción, Judit García y de Diego, el hijo de ésta, secretario, mecanógrafo y lazarillo.
La historia de Mateo, Lena, Judit y Ernesto Martel es una historia de amour fou, dominada por la fatalidad, los celos, el abuso de poder, la traición y el complejo de culpa.”

Esta vez el objeto del deseo de dos hombres es encarnado por Penélope Cruz, quien se ha mantenido como una de las inspiraciones más férreas de Almodóvar, entre Carmen Maura, Lola Dueñas, Victoria Abril, entre muchas otras. A Penélope la percibí, como es acostumbrada en la visión española, naturalmente apropiada en su rol, intrigante, dulce, apasionada e hipnótica. Le sirve más su estadía en este terreno que en el hollywoodense, debido a su baja comprensión del lenguaje corporal inglés.
Esta vez el objeto del deseo de dos hombres es encarnado por Penélope Cruz, quien se ha mantenido como una de las inspiraciones más férreas de Almodóvar, entre Carmen Maura, Lola Dueñas, Victoria Abril, entre muchas otras. A Penélope la percibí, como es acostumbrada en la visión española, naturalmente apropiada en su rol, intrigante, dulce, apasionada e hipnótica. Le sirve más su estadía en este terreno que en el hollywoodense, debido a su baja comprensión del lenguaje corporal inglés.
A Blanca Portillo (Judith), la aprecié fuerte, punzante y magnética, siempre sin el más mínimo deseo de esquivar el melodrama con tintes teatrales, aunque le luce terriblemente.
A Luis Homar (Mateo Blanco-Harry Caine) lo advertí en una actuación equilibrada, aunque falla por momentos en su comprensión de la ceguera. Dicho anteriormente, eso sólo lo puede hacer brillantemente Al Pacino.
Como es usual hay que destacar la brillante labor en la dirección de arte, la extraordinaria y cautivante estética visual que Almodóvar sabe posicionar como nadie. Como siempre, el rojo hace su aparición como simbolismo de la ambición, pasión y lujuria, pero al mismo tiempo, como el color de la tragedia, la sangre, y del inevitable advenimiento de eventos desafortunados a posteriori. Esta vez pude apreciar el intercambio de colores entre el rojo y el verde en la pareja conformada por los roles interpretados por Penélope Cruz y Luis Homar.
En la composición musical repite el español nominado a varios premios internacionales, Alberto Iglesias, quien le otorga a las cintas de Almodóvar como siempre, esa particularidad angustiante y a la vez, liberadora y catártica.
Es un film basado enteramente en muchas obsesiones: la obsesión de dos hombres por una mujer, la obsesión de un hombre por realizar un film sin importar las condiciones, la obsesión de una última mujer por interponerse entre una pareja. Obsesiones, que, por ser elevadas a un contexto cinematográfico nos parecen irreales, pero que están más cerca de lo que logremos advertir.
Aquella obsesión es la que más sobresale entre las demás, donde el personaje de Penélope es reafirmado como la diosa de las pasiones irrefrenables de dos hombres, tal como la visualicé en “Elegy” (2008) junto a Sir Ben Kingsley de Isabel Coixet (Un doblemente Must-see). Nos demuestra que aquellas intensas fijaciones ocultas en la vida real resultan siendo un abismo en la lucha interna de cada quien por querer parecer más “equilibrado” en la sociedad. Ya he perdido la cuenta de cuantas veces expresé la palabra “obsesión” en este escrito. Me disculpo por ser tan obsesionada en mi terrible obsesión de obsesionarme por las obsesiones.
Una tarea para usted: Cuéntelas. No le daré un premio. Pero se dará cuenta del nivel de Obsesión que puedo alcanzar.












